Recordando experiencias, decisiones y hallazgos que, con el tiempo, han ido formando mi manera de vivir y observar lo cotidiano.
A veces uno se encuentra mirando atrás sin proponérselo, y de repente ve todo el camino recorrido: los giros inesperados, los atajos y los desvíos que parecían irrelevantes en su momento.

He pasado por mundos muy distintos: arquitectura, bancos, talleres, cocinas, estudios de arte, historia y estilismo… Cada experiencia dejaba algo: habilidades prácticas, herramientas inesperadas y, sobre todo, la sensación de que lo que se aprende sirve cuando se pone en acción.
No todas las decisiones fueron acertadas. Hubo trabajos que duraron poco, planes que cambiaron a último momento y experiencias que no dieron frutos inmediatos. Sin embargo, incluso lo que parecía un callejón sin salida terminó siendo útil: me enseñó a mirar con atención, a organizar, a anticipar y a aprovechar lo que otros descartan; a transformar lo que parecía perdido en algo valioso, divertido o bello; a encontrar posibilidades donde no las imaginaba.

Con el tiempo, todo eso se ha ido filtrando en mi manera de vivir: cómo organizo la casa, cómo planifico la comida, cómo elijo cada objeto, cada libro, cada pieza de ropa o de arte; cómo decido qué merece tiempo y qué no. Son decisiones que parten de mi experiencia, de lo que he probado y aprendido. Cada cosa que hago responde a lo que funciona para mí, y cada uno tiene que encontrar lo suyo.
Nada está terminado ni cerrado. Cada día trae correcciones, ajustes, cambios de opinión, pequeños descubrimientos. Algunas ideas se concretan, otras quedan en proceso, y todo ello se mezcla en un flujo que se siente natural. Con el tiempo se percibe un patrón, una manera de ordenar y aprovechar lo que la vida ofrece, de transformar lo cotidiano en algo coherente y agradable.

